
Tarde de un viernes frío y lluvioso, oscuro como la boca de un lobo (es lo que se suele decir), la debe tener muy oscura (la boca, me refiero), como no apetece otra cosa, mi santa prepara un café. El momento ideal para estar delante del humeante líquido, con olor que incita al sorbo ya, sin más dilación, presto a saborear lo que mis sentidos estaban mandando a mi cerebro....