11 de enero de 2013

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    Con el paso de los años he aprendido que el pasado se nos escapa como agua en una cesta, que el futuro es una incógnita y que sólo queda el presente.
    He aprendido a ser feliz con las pequeñas cosas que me rodean: la sonrisa de un niño, la mirada limpia de un amigo, las caricias de mis hijos, mis recuerdos y añoranzas, el olor de la tierra mojada tras una tormenta, el rumor de las olas batiéndose contra las rocas...
    No digo que no extrañe la sensualidad de un cuerpo desnudo a mi lado, de unos dedos firmes que aprendan los caminos de mi piel, de un hombro que me consuele, de unos labios que en pleno éxtasis pronuncien mi nombre, de un atardecer rojo que pinte dos cuerpos desnudos amándose, del aliento en la nuca que eriza mi piel, del sexo húmedo y cálido entre mis piernas, del brillo del sudor tras la entrega,... Ni deseo, ni quiero, castillos ni montañas.
    Con los años he aprendido a dejar que el destino teja su tela para vestir mi desnudez, a no pedir, ni suplicar. Sólo a ofrecer. Tal vez alguien recoja el fruto maduro o tal vez no.  Eso no es importante.
     Lo realmente importante es estar sentada al borde de la mañana y ...con los pies descalzos, soñar cada amanecer con la vida, con pisar la arena tibia de su complicado diseño y dibujar arabescos en su espalda.

Anónimo

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