Otra vez los símbolos sometidos a la afrenta del español exaltado y ofuscado
Han pasado solo unos meses desde que las selecciones de España y Chile se enfrentaron en los Mundiales de Sudáfrica. Ambos conjuntos reivindicaban el apellido de 'La Roja' pero el equipo de Marcelo Bielsa, gran experto en jugar los partidos en la pizarra, perdió por 2 a 1 el derecho a los dos títulos. En poco más de sesenta días, sin embargo, su país ha regalado al mundo, televisado en directo desde el fondo del pozo San José, algo más que un título deportivo. Y su contrincante de entonces se ha pegado veinticuatro horas a las pantallas de televisión para seguir con envidia la epopeya de un pueblo unido al subsuelo mineral por un cable de seiscientos metros y estrechadas las manos por encima de litigios del pasado y del presente. Por caprichos del calendario cuando uno a uno los mineros sobrevivientes iniciaban la ascensión a los cielos chilenos confirmando que los milagros existen aunque no se crea en Dios, sus verdugos de Sudáfrica, los de la genuina 'Roja', vivíamos uno de los muchos motines ciudadanos que salpican nuestra convivencia. Con las enseñas coloniales de otro tiempo como testigos, en el apogeo de la Fiesta Nacional, las estelas de la bandera delineando el cielo madrileño, el jefe del Estado rindiendo honores a los caídos se mezclaron con el emotivo himno 'La muerte no es el final', gritos y abucheos, silbidos y protestas. Otra vez los símbolos, las instituciones, los emblemas que representan el aliento del Estado y la nación sometidos a la afrenta del español exaltado, enfurecido, ofuscado en la creencia de que derribando las imágenes o los monumentos, despertando a los muertos, zahiriendo a sus gobernantes, se cambia el curso de las ideas. Esta ocasión no fueron los 'maulets' fanatizados por el separatismo carpetovetónico, ni los sectarios fervorosos de la religión antiespañola. Pero el efecto descorazonador, el fiasco ceremonial, el alineamiento de trincheras civiles y el sordo recalentamiento de los espíritus, es el mismo.








